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jueves, julio 20

En el barbero

AVON PARK – Esta mañana, antes de salir de la ciudad, decidimos darnos una vuelta por la barbería del pueblo. Los barberos son siempre buenos interlocutores y en Albritton’s Barber Shop no iba a ser diferente. La primera sorpresa vino cuando John Hudelston, el barbero más joven nos preguntó al entrar si éramos “la gente del Herald”. No hay duda de que en este pueblo las noticias vuelan y nadie pasa desapercibido, pensé. “Si, pero también necesito que me corte el pelo”, contesté. A su lado, el dueño de la barbería, Larry Albritton, cortaba el pelo a un cliente pero aún así nos adelantó, no sin orgullo, que su establecimiento tiene ya 48 años de servicio ininterrumpido. Y siguió con lo que estaba haciendo. Y fue cuando me senté en el sillón de John y comenzó a cortarme el pelo. Y a conversar. Naturalmente, sobre la polémica ordenanza del alcalde. Básicamente la preocupación de estos dos barberos, que se oponen a los designios del alcalde, es que la expulsión sumaria de los ilegales del pueblo o la virtual prohibición a los trabajadores del campo, jornaleros temporales, de instalarse por temporadas en la ciudad, es un gran problema para su negocio. Por un lado, porque disminuye los ingresos de la vieja barbería. Pero, por otro, les crea un dilema infranqueable. “Cuando un cliente entra por la puerta y me pide que le corte el pelo, estoy iniciando una transacción comercial con él”, explica John. La cuestión es que “si el alcalde ahora me prohíbe hacer negocios con los ilegales, yo me hundo. Nosotros no podemos pedir a la gente los documentos de inmigración para cortarles el pelo”, añadió el joven barbero, enseñando el texto de la polémica ordenanza y particularmente una frase ambigua, que pudiera penalizarlo por hacer su trabajo. Los dos barberos no están solos en sus preocupaciones. Otros empresarios, pequeños y grandes también piensan lo mismo. Todo esto lo podrá ver ampliado en los reportajes del fin de semana. A la salida, Larry nos obsequió a Koltún y a mí una jarra de mermelada de naranja hecha por su esposa. Un gesto de amistad muy típico de la generosidad de la América profunda.

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