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viernes, junio 9

Todavía el Perú

Uno de los más espectaculares errores de análisis que se puede hacer en relación a los resultados de las presidenciales peruanas es hablar de una "contundente derrota" del candidato nacionalista Ollanta Humala. Por varias razones: en primer lugar el partido nacionalista se transformó en la primera fuerza nacional con 48 escaños en el Congreso; en segundo lugar porque, como se puede ver en este mapa, Humala se alzó con la victoria en 15 de las 25 provincias del país y, tercero, porque una derrota no puede ser nunca contundente si hace un año el candidato no estaba allí, mientras que el presidente electo Alan García, perdió en la segunda vuelta contra Toledo hace cinco años. Esta semana, los números fueron mucho más ajustados que en aquel entonces: García obtuvo el 52,7% y Humala el 47,3%.

Esto ha obligado, desde el inicio a García a hablar de una necesidad de diálogo, porque si bien el candidato social-demócrata concentró la recta final de su campaña a dirigir sus ataques al presidente venezolano Hugo Chávez, no significa necesariamente que Humala quedara fuera de la ecuación. El candidato nacionalista – que dicho sea de paso, en las últimas horas ha pedido a los partido de la izquierda parlamentaria (socialista y comunista) que se aparten de su organización – es el verdadero adversario de García y el líder de la oposición actual. El mapa electoral no miente.

Lo interesante en las presidenciales peruanas fue como Fidel Castro se ha mantenido al margen. De hecho excepto en el caso mexicano, la isla no ha tomado gran partido en la mayoría de las presidenciales latinoamericanas, sino más bien suele aprovechar los desenlaces. En eso Chávez es mucho más impaciente e inmaduro. Lo cual es normal, el presidente venezolano tiene una necesidad única de dotarse de una mitología revolucionaria que obviamente no tiene. (Una cosa: se atribuye a Chávez haber dicho que tras Perú, “ahora vamos a México”. Por favor, me dicen donde está esa frasecita consignada. El hombre puede ser tonto, pero no tanto). A Castro no lo vimos ni en los campos de coca de Bolivia, bailando al son de Chávez ni Morales, ni rezando frente a una cámara de televisión para que García no fuera electo. Castro, al parecer, dedicó el tiempo libre a cosas más productivas. Su ausencia no fue casual.

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