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jueves, mayo 18

De nuevo, El Código…

Acabo de ver el Código Da Vinci. Las dos horas y media pasaron de un tirón. La película no es excepcional pero es buena. La técnica recuerda mucho Apollo 13, del mismo director. El guión sigue bastante fielmente el libro original, pero hay dos cambios – que no voy a revelar – que mejoran la historia. Al final, el público invitado al pre estreno en el cine donde estuve, aplaudió la obra.

La película tiene un par de escenas muy bien logradas. Como el aterrizaje de un avión, la cámara fue colocada en un ángulo único y la persecución en las calles de Paris, excelente publicidad a los Smart. Sin embargo, el ritmo es un poco lento en relación al libro. Me explico. La trama sucede en 24 horas, pero en el libro el ritmo parece mucho más rápido que en la pantalla. No hay tiempos muertos, sino espacios en que los personajes están hablando de hechos históricos y el director acompaña esa narración con la reconstrucción de escenas históricas en blanco y negro o en azul y blanco con un grano muy intenso que es realmente un hallazgo.

Mirando la película no pude dejar de reflexionar en toda esta la polémica, que comenzó con la publicación del libro y fue reactivada con el estreno de la cinta. Y me preguntaba si, como he dicho antes, un libro y una película, que son obras de ficción, pueden realmente representar una amenaza para el Vaticano. Para la fe y los dogmas de la Iglesia que, no lo olvidemos, tienen más de 2.000 años. Y la conclusión no deja de ser la misma. Me da la idea que el Vaticano tiene muy poca fe en el rebaño. O entonces sabe que los dogmas no son tan inamovibles. Esta polémica proyecta la imagen que tras 2.000 años, la Iglesia tiembla, no está sólida. Porque lo peor que puede estarle pasando a la institución no es el impacto de la obra de Dan Brown en el público, sino la campaña que ha armado contra ella. Por la imagen de fragilidad que proyecta y porque, además, no se diferencia de la que montaron los extremistas musulmanes contra las caricaturas del profeta Mahoma hace unos meses. Las raíces del odio y la violencia están sembradas. Espero que nadie prenda un fósforo. Mucho menos para quemar un libro en la hoguera, porque entonces seria la confirmación de lo que siempre he pensado, que en 2.000 años nada ha cambiado en la casa de S. Pedro.

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